Publicado en cuento corto

A una dálmata llamada “Pecas”

Mi padre hacía muchas cosas sin pensar. La mejor de todas fue haber llevado sin consultar a nadie, a su esposa sobre todo, si era posible quedarnos con un perro. Resulta que un buen día apareció con el perro haciendo un escándalo: que le habían regalado un perro y que se lo traía a sus hijos, nosotros. Lo importante aquí es que el perro se quedó, era hembra y quiero hacerle un tributo a mi perra, a una dálmata llamada “Pecas”.

Nunca se me va a olvidar cuando llegó, pues decían que ya era vieja, tenía 5 años en edad de perro y que no podía tener hijos. Esa imagen de ella, en una casa nueva, nerviosa, temblando y con los ojos color miel buscando una cara amiga es imposible de olvidar.

Resulta que vivíamos en el campo, con un cafetal al lado de la casa y la perra se volvió la mejor amiga de mi hermano pequeño y mía. Era tan singular y miedosa y pasábamos tanto tiempo con ella, que llegamos a conocerle completamente su carácter,  pues sí lo tenía a pesar de ser tan nerviosa. Si habían truenos se escondía en un ropero. Si veia algún mueble con cojín lo hacía su cama y sacarla era tarea de titanes o si se trataba de defendernos se le tiraba encima a cualquiera, sin embargo siempre relucía su nobleza, sus ojos color miel y su compañía incondicional.

Lo más simpático era que decían sus anteriores amos que no podía tener crías y resulta que medio vecindario tuvo amores con ella y tuvo perritos. Nunca sabíamos si estaba esperando crías o no. Lo que sabíamos era cuando iba a parir y se iba a hacer un hueco detrás de la casa y se encargaba de sus cachorros. Usualmente tenía tres, dos salían muertos al nacer y el tercero vivía, que generalmente se quedaba viviendo con nosotros, ninguno se parecía a ella, eran hijos de la calle.

Lo que más recuerdo es que vivió muchos años más, creo que 10 años más o sea que si era vieja cuando llegó, lo era más cuando murió. Es la fecha, casi 25 años después y sigue viva, no hay animal más noble que el perro y “Pecas” lo era, más fiel aunque le hagas barbaridades, más solidaria y más tonta a la vez, pero allí estaba a tu lado. El día antes que murió intenté hacerla levantar como siempre lo hacía, me dedicó una de sus miradas cariñosas intentó levantarse y no pudo, se acurrucó y murió al día siguiente. Me tocó enterrarla debajo de un árbol de mandarinas con mi hermano y alli quedó su cuerpo en el cafetal, pero me quedó su pose, su recuerdo, su ladrido, su nervio, su miedo, su amor y su compañía.

Al final se volvió eterna porque vive en mi memoria, tal como el día que llegó, nerviosa, temblando y como que aún la tengo a mi lado. ¡Vive por siempre “Pecas”!